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Historias


Isabella Balena

Casa Zanni

La casa Zanni se asoma a la calle, la Marecchiese, esa que desde el mar va hacia el interior, bordeando castillos y rocas malatestianas. Su exterior es el de una vieja casa romañola de piedra, donde no se diría que al entrar, además del fuego del viejo camino, se encuentren salas y cantinas, un restaurante, una carnicería y una cafetería que se abrazan alrededor del jardín. En 1919, Antonio y Erminia, alrededor del fuego de la cocina calentaban “piade” y daban vino a los trabajadores de paso. Hoy, esa misma cocina se ha convertido en el centro alrededor del cual pasan, apresuradamente, hijos, nietos y bisnietos, dedicados a estirar la pasta para “tagliatelle” y ravioli, cortar carne, cocinar “piada”, poner mesas y manteles, destapar botellas, llenar miles de copas de vino, hacer café, servir helados. Son muchos, todos de la misma familia, y la empresa funciona de maravilla.

Barebara Balestra

Actuar viviendo

Lobo solitario, Loris vive la mayor parte de su vida en, y para, el teatro, comparte todo o casi todo con sus colaboradores, desde la mañana cuando llega a la oficina del teatro OutOff hasta la hora del almuerzo cuando comen todos juntos en la cocina. Y sobre todo, cuando comienza la preparación de un espectáculo. Guionista, director de iluminación, técnicos, actores, director, encargado de prensa, director del teatro y otros están unidos por un proyecto común. Como en una familia hay roles específicos, dinámicas afectivas que a veces se complican, intercambios emocionales que cambian de un día a otro, o de un momento a otro. Y como en una familia Loris y sus amigos tienen que criar a su hijo: y el espectáculo debe continuar. Se necesitan tiempo, energía, dinero, sacrificios, y todo eso puede producir satisfacciones y desilusiones y, a veces, grandes enfrentamientos. Luego, todo desaparece al momento de salir a escena, donde cada quien da lo mejor de sí mismo. En mi opinión esta es la magia del teatro. Aunque conocía desde hace tiempo a Loris y el OutOff estaba acostumbrado a mi presencia, no ha sido fácil contar su historia. He pasado días enteros a observarlos en silencio, ya que todo, por una vez, debía ser robado.

Maria Barleta

Ella y ella

Buscábamos el amor pero no sabíamos que tuviera nuestra misma talla de sostén y el mismo tamaño de zapatos. Nos encontramos en Internet y después de las primeras llamadas telefónicas, sin ni siquiera habernos visto, entendimos que no podíamos vivir una lejos de la otra. Después de seis meses, compartíamos un pequeño apartamento y un trabajo precario, pero estábamos felices de comer, juntas, ensalada con las manos, a la luz de las velas, sentadas sobre una vieja alfombra que para nosotras era la porción justa de tierra y de cielo. Luego de pocos meses, llegó Fufi, nuestro perrito, salvado de una inyección letal, luego un trabajo seguro, más adelante: Agaree, nuestra asociación cultural, luego un nuevo apartamento y después, de cinco años de vida juntas, decidimos poner uno de nuestro dos vientres en alquiler para un alma deseosa de compartir su vida con nosotras. Y llegó nuestro pequeño hombre. Fuimos a Bruselas, donde una joven doctora nos insertó una pequeña semilla que, inmediatamente después de haber sido plantada, mostró todo su deseo de vivir. Hoy, tiene casi un año y espléndidos dientitos afilados. No es difícil amarse cuando se aprecia la policromía de la vida.

Teresa Carreño

La familia de Marta y Giovanni

Esta es la historia de una pareja joven de Milán que abrió su núcleo familiar a una nueva red de afectos y nexos, tomando las riendas de una casa hogar con seis niños. Una decisión que representa no solo una manera de sentir el deber social, sino también una visión abierta y llena de coraje de su propio concepto de familia, fuera de los vínculos de consanguinidad. Marta y Giovanni se casaron en 1991, Giovanni tenía y tiene un buen trabajo en una sociedad de servicios y Marta era abogado en un estudio legal de derecho administrativo. Luego, sucedió el gran cambio. En 1998, Marta conoció al presidente de la Asociación La Strada, quien ha hecho del voluntariado una gran realidad en la región de Lombardía, y quien le propuso trabajar con él. En el transcurso de poco tiempo, Marta comienza a trabajar en la asociación y, en este contexto, junto a Giovanni, madura la idea de administrar una casa hogar. De hecho, uno de los fines de la asociación es “recuperar” niños que han sido alejados de sus familias de origen por Decreto del Tribunal de Menores y entregados a los servicios sociales, encontrándoles una familia residente dispuesta a darles albergue temporalmente. Este proyecto fue acogido con entusiasmo por Marta y Giovanni. Hoy, cuando llevan cinco años viviendo esta bella experiencia, pueden afirmar que han dado a estos niños, no solo la posibilidad de vivir en una familia y de aprender, por experiencia directa, este modelo de vida, sino también la oportunidad de poder transmitirlo en el futuro.

Francesco Cito

Gitanos italianos

Los primeros rastros de la guerra, de aquel conflicto que en poco tiempo habría desestabilizado los Balcanes, haciendo pedazos lo que había sido una potencia entre los países no alineados, indujeron a una familia Rom a enganchar sus casas rodantes a los carros y a abandonar las casas poco distantes de aquella Sarajevo, revuelta por la lenta agonía yugoslava. Una familia tribu, los Omerovic´, un patriarca y muchos hijos que salen hacia Italia buscando un lugar donde poder vivir en paz. Se establecieron en las puertas de Milán y en los quince años transcurridos en suelo italiano, la familia creció cada vez más. Hijos que nacen, niños que crecen, italianos por nacimiento, y siempre respetuosos de las tradiciones nómadas, pero no por esto evitan asistir a las escuelas comunales, aun cuando frecuentemente, obtienen poco provecho de estas, por la difícil adaptación a una cultura, la italiana, que en parte rechaza. Sin embargo, aunque su hogar sigue siendo la misma casa rodante con la que salieron, viven y respetan las reglas, y de ellas aprenden. Los muchachos tienen sus propios sueños escondidos en continua lucha entre la patria que dejaron atrás, y que conocen poco, y el futuro en la nueva patria que los acoge, que en muchos casos es también su patria de nacimiento. Entre tantos sueños, encontramos uno en las gavetas de Marco, –uno de los cinco hijos de Vahid, quien a su vez es hijo del patriarca Omerovic´– que después de la escuela asiste al gimnasio para practicar artes marciales, y que cuando sea grande quisiera entrar en la academia de policía y ser un oficial al servicio de la comunidad en su ciudad natal: Milán.

Mario De Biasi

Italy Italy

Jamás he guardado fotografías de mi familia. Pero dentro de mi gran archivo de vida sé que las puedo encontrar y que provienen de todo el mundo. Para esta exposición reabrí las viejas gavetas y, con un poco de nostalgia, me reencontré –entre episodios inéditos y publicaciones– con una Italia que ahora está lejos. Volví a ver a mi hija Anna y a todos nosotros, juntos en un picnic. Además me reencontré con la imagen principal de un reportaje realizado para la revista Epoca en la víspera de una Navidad como muchas otras. Es el retrato de una madre y su hijo, juntos, en una casa modesta pero llena de afecto. También vi el paseo a la playa en Porte Empedocle, Sicilia; la salida de vacaciones en la estación del ferrocarril de Boloña; el dolor de dos familiares frente a la tragedia causada por el terremoto del Belice; el cantante Mino Reitano y su clan; un matrimonio en Aliano, Basilicata; un bautizo en Sardinia. Todas instantáneas de un tiempo pasado que vuelve a vivir en los recuerdos.

Francesco Giusti

Familia Morigi


En el centro de Milán, a dos pasos de la bolsa de valores, rodeada por oficinas y bancos, existe desde hace casi treinta años, una particular experiencia de autogestión y mantenimiento de una vieja edificación de propiedad del Estado Italiano: la casa de la calle Morigi, que hospeda diversos núcleos familiares, asociaciones, compañías teatrales, galerías de arte y talleres artesanales. Los diferentes grupos que han luchado por los derechos de la casa, escogieron compartir algunos espacios, adoptando un modelo de convivencia que requiere un rico y complejo diálogo. Las reuniones de condominio dan lugar a desencuentros-encuentros y a momentos de conocimiento recíproco en los cuales  se buscan soluciones a los problemas más variados, desde asuntos personales hasta aquellos de interés común. Amiel es una niña de ocho años y es una de las habitantes más jóvenes de la casa. Ha tenido la fortuna de crecer en una estructura familiar que no es convencional, sino compartida y convivida. Además de sus padres, que son una presencia constante en su vida, las personas que la rodean contribuyen en gran medida a su formación y educación sentimental, creativa y cultural. A través de los ojos de Amiel y gracias a su infinita energía descubrimos habitantes y espacios de la casa de la calle Morigi.


Gaetano La Rosa

Glenda, Camila, Gilda, Nike y Michele

Periferia Norte de Milán. Michele lleva una vida –como dice él, de “single”– en un apartamento en el primer piso de un edificio, justo al lado de su pequeña fábrica de gadget, banderas, bufandas de equipos de fútbol y más. Una de esas pequeñas empresas familiares que constituyen el esqueleto de la ramificada realidad industrial de Italia del Norte. Pocos empleados y un horario de trabajo corrido, al menos para él, que empieza al amanecer y termina un poco antes de la medianoche. Michele tenía una novia. Una muchacha que trabajaba con él, con la cual, por algunos años, había establecido una relación afectiva privilegiada. Ella esperaba que la relación se consolidara y formalizara con un matrimonio, pero ese momento nunca llegó. Tal vez –como dice Michele– se dio cuenta de que lo había esperado por demasiado tiempo y un día le comunicó que se casaría con otro. Él lo tomó deportivamente. Se dio cuenta de que nunca había dado el paso decisivo y en el fondo para él estaba bien así. Pero Michele no vive solo. Su jornada está compartida e influenciada por la presencia continua de cuatro magníficos pastores alemanes. Para ser más precisos, cuatro pastorcitas. Glenda de trece años, la madre, y Camila, Gilda y Nike de siete años. Michele no se separa jamás de ellas, ni siquiera en la noche y, cuando el día termina, los cinco duermen juntos en su apartamento.

La vida de otro, vista desde afuera, puede tener diversos grados de valoración. La de un hombre que escoge vivir solo con cuatro perros, no siempre es comprendida. En el tiempo que he compartido con ellos, lo que me ha llamado la atención, mayormente, ha sido la realización ejemplar de una armonía difícil de conseguir entre seres humanos. Michele ha escogido una vida que los satisface y gratifica, más allá del juicio de otros. Glenda, Camila, Gilda y Nike son su familia. Y es así que decidimos mostrarla. Sin ningún efecto “fotográfico”. En vivo.

Patricia Musa

Habitación de internado

Extraños, pero no cuando anochece. Rodeada por los amplios espacios del siglo Xviii del Convitto Nazionale Umberto I, sede de escuelas primarias, medias, liceos. Entré en los “apartamentos”, pequeños nidos silenciosos e íntimos, repletos de cosas, habitados por, aproximadamente, treinta adolescentes de nacionalidades diversas –rusos, rumanos, moldavos, albaneses, italianos– que viven y estudian aquí. Sobre las paredes los sueños, los secretos, los afectos, los mitos, casi como si cada uno de ellos deseara dejar una marca indeleble en estas paredes, leales confidentes y grandes apoyos en los momentos más difíciles. Muchachos que, lejos de su familia, crecen juntos formando una pequeña comunidad, basada en la confianza, la conversación, la amistad y sobre todo en aprender a compartir. Juntos maduran la capacidad de escucharse a sí mismos y a los demás. Me gusta citar a Roland Barthes, maestro de gran sabiduría, estudioso de la vida en común: «El lugar compatible» donde «vivir juntos», en realidad es el lugar de lo neutro, donde se neutraliza cada pulsión de abuso hacia el otro, cada arrogancia de tono, de comportamiento y se forma la «sociedad estrecha». El hecho de «vivir juntos», aunque sea tal vez, solamente para afrontar juntos la tristeza de la noche. Ser extraños es inevitable y necesario, pero no cuando se hace de noche.

Nadia Scanziani

El sábado en una comunidad de alojo

La comida del sábado en la comunidad de alojo San Alberto es un momento que no hay que perder y del que luego se siente nostalgia. Es el momento en que todos se encuentran para almorzar juntos. Por la mañana Gino decide el menú, se comienza por las compras en el mercado de Rozzano, algo se recoge en la huerta, hay quien se dedica a la limpieza, uno es el cocinero designado, el más confiable. En la sala se encuentra una hoja con los turnos semanales. El Padre Carlo es un huésped habitual, lo pasan buscando a la parada del metro Famagosta, amigo de Gino, originario, como él, de Cernusco, ha vuelto de Brasil luego de cuarenta años. Además siempre hay algún otro invitado. Durante la semana es más difícil estar todos juntos, aunque en la noche se trata de esperar el regreso del trabajo de todos para la cena, hay menos tiempo para hablar. La primera vez que me invitaron a almorzar pensaba con preocupación en cómo una comunidad, y además de puros hombres, pudiera dar una idea de familia, ya que no hay una figura femenina. Luego de frecuentar por algunos sábados la comunidad de alojo me he dado cuenta de que los muchachos aquí se sienten en su casa. Gino es un padre natural. El haber escogido vivir en una comunidad de alojo en la ciudad le permite no renunciar a su sabiduría campesina. Un amigo lo ha definido como un funámbulo, en equilibrio sobre la cuerda, siempre en busca de dinero, soluciones, puestos de trabajo para “sus muchachos”. Efectivamente, es un hombre apasionado, sin hipocresías, que no renuncia a sus opiniones y que es capaz tanto de ser rígido y crítico como de ser compasivo y tolerante. Gino en su comunidad de alojos no es el “cura” que quiere catequizar, no es un ingenuo animado por moralismos. Tal vez sea por esta razón que ahí se respira un aire de libertad, de juego, logrando de esta manera atenuar los dramas individuales, los problemas y las dificultades y a us vez que todos respeten las reglas de la convivencia. Por lo tanto, a veces se puede bromear entre “africanos” y “albaneses” sobre el hecho de ser extracomunitarios, es decir “malos”, y hasta llegar a reirse de eso. Cuando uno de los muchachos, Hamil (apodado “Runny”), al escoger juntos las fotos para la exposición, me ha preguntado si era posible tomar una “verdadera” foto, todos juntos con Gino, me he sentido feliz, he pensado que he logrado el objetivo y nos hemos divertido al hacer este retrato de familia en la puerta de la casa.

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